¿Y si la belleza no tuviera tanto que ver con cambiar lo que somos, sino con aprender a mirarnos de otra manera?
Hay preguntas que aparecen una vez y se quedan contigo. Esta es una de ellas. Y, con el paso de los años, me he dado cuenta de que resume bastante bien mi manera de entender la belleza, mi profesión y también mi forma de acompañar a las personas.
Porque sí, me apasiona la belleza, la peluquería, el maquillaje y la imagen personal. Pero no únicamente la que encontramos frente a un espejo.
La encuentro en un animal, en una persona, en la naturaleza, en una mirada, en una historia, en una forma de vestir o en un gesto. La encuentro incluso en algo que durante mucho tiempo nos han enseñado a esconder: el paso del tiempo.
Quizá por eso nunca he entendido la belleza como una única cosa. Para mí es mucho más amplia. Es creatividad. Es expresión. Es cuidado. Es escucha y es acompañamiento.
Y, sobre todo, es una forma de mirar.

Todo empezó con una niña que dibujaba
Mucho antes de imaginar que la belleza acabaría convirtiéndose en mi profesión, yo ya pasaba horas creando.
De niña dibujaba constantemente. Dibujaba mujeres, personajes, animales… Y, cuando llegué a la adolescencia, empecé a dibujar modelos con sus vestidos, sus peinados, sus maquillajes. Inventaba personajes y podía pasar horas imaginando cómo serían, cómo se vestirían, cómo llevarían el cabello o qué expresión tendrían.
Entonces no sabía que aquello tenía mucho que ver con mi futuro.
Años después entendí que aquella niña ya estaba buscando lo mismo que sigo buscando hoy: crear belleza a través de diferentes lenguajes.
Solo que entonces lo hacía sobre un papel.
Cuando el camino no parece tener sentido
Mis primeros pasos no fueron especialmente fáciles ni lineales.
No fui una gran estudiante y, por diferentes circunstancias, terminé estudiando una rama tecnológica que no tenía absolutamente nada que ver conmigo.
Lo intentaba. Pero no encajaba.
Y con el tiempo he aprendido a agradecer incluso esos momentos en los que sentimos que estamos en el lugar equivocado.
Porque el desencaje también tiene algo que enseñarnos.
A veces estamos siguiendo un camino que, desde fuera, parece el correcto, pero por dentro sabemos que no es nuestro.
Mis padres decidieron entonces llevarme a una academia reconocida de Bilbao para estudiar peluquería. Y aquella decisión cambió muchas cosas.
Fue una de las mejores decisiones de mi vida.
Allí no solo aprendí peluquería. Aprendí a trabajar, a atender, a esforzarme, a responsabilizarme. Aprendí un oficio, sí, pero también aprendí mucho sobre la vida.
Y entonces apareció una nueva pasión. El maquillaje profesional.
Yo quería crear de principio a fin
Por aquel entonces no existían tantas opciones para formarse en maquillaje profesional.
Mi camino me llevó primero por Diseño y Moda en Bilbao y, finalmente, hasta Donosti para estudiar maquillaje profesional.
Era muy joven. Irme a otra ciudad, encontrar una habitación, comenzar una nueva formación y compaginar estudios y trabajo no era sencillo.
Pero lo hicimos posible. Mis padres volvieron a estar ahí, apoyándome con cariño y esfuerzo.
Y aquella etapa marcó un antes y un después. Descubrí el maquillaje profesional y, con él, un mundo creativo infinito.
Imagen personal, cine, televisión, ópera, teatro, moda, publicidad, formación como especialidades.
Mis primeros trabajos estuvieron especialmente vinculados a la televisión y al cine. En ese recorrido tuve la suerte de conocer a profesionales de enorme talento, personas de las que aprendí muchísimo y experiencias que, todavía hoy, forman parte de mí.
Y fue entonces cuando confirmé algo que, en realidad, ya sabía desde los catorce años:
yo quería crear una imagen completa.
Quería maquillar, peinar, transformar, caracterizar, crear personajes. No quería elegir solamente una parte. Quería entender el conjunto. Porque para mí todo está conectado.

La belleza como lenguaje
Con los años, mi manera de entender la belleza también ha evolucionado. Hoy la veo como un conjunto de infinitas posibilidades. Puede ser una herramienta. Una primera impresión. Una forma de expresión. Puede ayudarnos a sentirnos mejor, a recuperar confianza, a prepararnos para un momento importante o, simplemente, a disfrutar de nosotros mismos.
Puede ser natural, creativa, sofisticada, minimal, bohemia, elegante y espectacular, cuando el estilo y la ocasión lo pida.
Puede estar presente en una boda, en una celebración, en una campaña de moda, en una producción audiovisual o en una empresa que quiere trabajar su imagen.
En televisión, cine, publicidad o redes sociales.
O puede ser algo mucho más sencillo:
tú, queriendo verte y sentirte bien.
Por eso creo profundamente en una belleza con criterio y consciente.
Una belleza que no necesite esconder quién eres.
Hay muchas maneras de trabajar nuestra imagen y muchas necesidades diferentes.
Y creo que mi trabajo no consiste en imponer una determinada idea de belleza, sino en escuchar cuál es la tuya.

De dentro hacia fuera
Cada vez estoy más convencida de que la belleza empieza mucho antes del maquillaje.Está en cómo cuidamos nuestra mente. En cómo alimentamos y nutrimos nuestro cuerpo. En cómo descansamos, entrenamos, aprendemos y nos relacionamos. En cómo tratamos a los demás. Y, especialmente, en cómo nos tratamos a nosotros mismos.
Por eso cada vez me interesa más la consciencia.
Observar, aprender, cuestionar y elegir con criterio con profesionalidad..
Podemos utilizar el maquillaje, el cabello, la moda y todos los recursos que tenemos a nuestro alcance para expresarnos, jugar, experimentar y potenciar nuestra belleza.
Pero no creo que debamos utilizarlos para desaparecer.
Y aquí es donde mi profesión también me hace reflexionar sobre algo que me preocupa.
Vivimos en una sociedad que parece tener cada vez más prisa por borrar aquello que nos recuerda que somos humanos.
Una arruga.
Una expresión.
Una etapa.
Un cambio.
El paso del tiempo.
Y a veces, detrás de esa necesidad de modificar constantemente nuestra apariencia, hay algo mucho más profundo.
Inseguridad.
Comparación.
Miedo a no ser suficiente.
Quizá, de vez en cuando, deberíamos detenernos.
No para juzgar las decisiones de nadie.
Cada persona es libre de decidir qué quiere hacer con su imagen y con su cuerpo.
Sino para hacernos una pregunta:
¿Desde dónde estoy tomando esta decisión?
No quiero que parezcas otra persona
Quiero que sigas siendo tú.
Más cuidada, quizá.
Más luminosa.
Más segura.
Más tú.
Porque la individualidad me parece una de las cosas más bellas que tenemos.
Y porque cada etapa de la vida tiene algo que contar.
No quiero esconder la juventud.
Pero tampoco quiero esconder la madurez.
No quiero que tengamos miedo a envejecer.
Quiero que podamos vivirlo.
Disfrutarlo.
Aceptarlo.
Porque nada es para siempre.
Y quizá la verdadera belleza esté precisamente ahí: en entender que no necesitamos detener el tiempo para sentirnos bien dentro de él.
La belleza no debería ser una batalla contra quienes somos.
Debería ser una forma de expresarlo.
Y esta es mi filosofía
Después de tantos años, sigo sintiendo una enorme curiosidad. Sigo siendo aquella niña que se sentaba a dibujar mujeres, vestidos, peinados y rostros. Solo que ahora, en lugar de dibujarlos sobre un papel, tengo la suerte de poder crearlos. Y también tengo la suerte de seguir aprendiendo.
De cada persona.
De cada proyecto.
De cada historia.
De cada etapa.
Porque ser emprendedora, creativa e inquieta también significa estar en constante búsqueda. Buscar nuevas formas de aprender, de crear, de atender mejor. Intentar comprender qué necesita cada persona y cómo puedo aportar algo que vaya más allá de un servicio.
Al final, para mí, la belleza siempre ha sido mucho más que maquillar, peinar o transformar.
Es cuidar. Es crear. Es escuchar. Es acompañar.
Y quizá, después de tantos años, sigo buscando exactamente lo mismo que aquella niña que dibujaba sin saber muy bien por qué. La posibilidad de crear belleza. Pero ahora sé que la belleza más interesante no siempre es la que primero vemos.
A veces hay que saber mirar un poco más allá.
Y tú, ¿cómo miras?







